La epilepsia es una enfermedad neurológica crónica que requiere un abordaje integral, continuo y personalizado. En ese camino, los laboratorios de análisis clínicos y las/os bioquímicas/os cumplen un rol clave tanto en el diagnóstico inicial como en el seguimiento y monitoreo terapéutico de las personas que conviven con esta patología.
Si bien el diagnóstico de la epilepsia se apoya en estudios clínicos y neurofisiológicos -como el electroencefalograma o las neuroimágenes-, las pruebas de laboratorio resultan fundamentales para descartar otras causas de convulsiones, evaluar el estado general de la persona y garantizar la eficacia y seguridad de los tratamientos farmacológicos.
Uno de los principales aportes del laboratorio es la monitorización terapéutica de fármacos antiepilépticos. Este seguimiento permite medir las concentraciones plasmáticas de los medicamentos, asegurando que se encuentren dentro de rangos terapéuticos eficaces y evitando niveles tóxicos que puedan generar efectos adversos. Entre los fármacos que requieren controles periódicos se encuentran la carbamazepina, la fenitoína, el ácido valproico y el fenobarbital.
La monitorización es especialmente importante porque la respuesta a estos medicamentos puede variar según la edad, el peso, la función hepática y renal, la adherencia al tratamiento y la interacción con otros fármacos. El trabajo del laboratorio permite al equipo médico ajustar dosis de manera precisa y segura, contribuyendo a un mejor control de las crisis y a una mayor calidad de vida.
En la actualidad, existen fármacos antiepilépticos de segunda generación, como el levetiracetam, que generalmente no requieren monitorización rutinaria. Sin embargo, el laboratorio puede intervenir cuando es necesario evaluar niveles plasmáticos para optimizar el tratamiento, confirmar adherencia o ajustar dosis en situaciones clínicas particulares.
Además del control farmacológico, las pruebas de laboratorio son esenciales para descartar enfermedades que pueden provocar convulsiones y simular un cuadro epiléptico. Estudios como el hemograma permiten detectar infecciones o anemias; la determinación de glucosa ayuda a identificar alteraciones metabólicas como la diabetes o hipoglucemias; y el análisis del líquido cefalorraquídeo (LCR) resulta clave para el diagnóstico de infecciones del sistema nervioso central, como meningitis o encefalitis. En casos sospechosos de infección sistémica, los hemocultivos permiten confirmar una septicemia.
Por otra parte, algunas formas de epilepsia tienen un origen genético. En este sentido, el laboratorio también puede colaborar a través de estudios especializados que contribuyen a identificar alteraciones hereditarias, favoreciendo diagnósticos más precisos y estrategias terapéuticas adecuadas.
Desde CUBRA se destaca el compromiso de los laboratorios de análisis clínicos y de las/os bioquímicas/os como parte fundamental del equipo de salud. Su tarea diaria, basada en la precisión analítica, el control de calidad y la interpretación responsable de los resultados, es indispensable para el diagnóstico oportuno, el seguimiento adecuado y el monitoreo seguro de las personas con epilepsia.
El laboratorio no solo aporta datos: aporta información clave para la toma de decisiones clínicas, acompaña los tratamientos a lo largo del tiempo y contribuye activamente a mejorar la calidad de vida de quienes viven con esta condición.